A diferencia de otros juegos de azar, el poker posee una serie de parámetros que cualquier buen jugador debe de seguir a rajatabla.
El primero es conocer a los contrincantes. Observar a los rivales es un ejercicio que tarde o temprano, da sus frutos.

Los detalles a observar en los adversarios son, esencialmente, los que siguen: ¿hacen juego solamente cuando posee buenas cartas?, ¿son atrevidos a la hora de apostar?, ¿participan de todas las manos?, ¿se dejan llevar por el impulso, o por el contrario son calculadores?, ¿tímidos o eufóricos?. Conocer al “enemigo”, como en todas las grandes batallas, puede ser decisivo.
Efectivamente, sentarse a la mesa de jugadores débiles, puede ser una ventaja. No terminaremos como héroes, pero podremos ganar la partida, que, al final, es lo que cuenta.
Otra virtud del buen jugador: mantener la calma. No hay que dejar que los nervios nos traicionen. No abandone todo a la suerte, que no siempre está a nuestro lado. Inteligencia y confianza en uno mismo, pueden en muchos casos redimir a la mala racha.
Otra asignatura que hay que aprenderse al dedillo es conocer los límites. Si bien es importante mantener siempre una actitud ganadora, también hay que saber cuándo retirarse. Nadie duda que el objetivo final del poker es levantarse de la mesa llevándose el bote a casa, pero si esto no es posible, hay que saber levantarse de la mesa antes de ser desplumados totalmente. No hay que olvidar que el bote sube y baja y nuestras reservas son las que son.